pastrana

Increíble ver a Andrés Pastrana conspirando contra Nicolás Maduro en la propia Caracas. Lo mandan allí Rajoy, Aznar, Fox, Peña Nieto, y el otro de acá, Uribe. Y desde el fondo de la cueva, entre luces vulgares, el obvio ese de Trump. Ahí está agazapada esa internacional de la mediocridad. Me da escalofríos que algunas cabezas visibles de la oposición venezolana se sientan bien con esas compañías. Y que Colombia no intuya las consecuencias que le traería la eventualidad de un triunfo de ese consorcio de intrusos. La retórica de “país hermano” sucumbe ante el hecho de que Colombia y Venezuela son hermanas siamesas, no obstante ser tan diferentes en lo cultural y económico. Estamos ante dos cabezas que piensan diferente, ligadas desde el cuello por un solo cuerpo que de arriba abajo mide 2.219 kilómetros, es decir, 253 kilómetros más que la distancia que hay entre La Guajira y Nariño si trazáramos una diagonal, del nororiente al suroccidente, por toda nuestra geografía. Eso bastaría para que ambos países dejáramos de pensarnos como simples vecinos. Entre siameses la susceptibilidad es mayor, razón por la cual deben cuidarse los excesos de cada cual, para no terminar dándonos cabezazos. La simbología de lo autónomo se respeta.

Pero Santos no lo ha hecho, y se ha entrometido en los asuntos de Venezuela, desconociendo la convocatoria de su gobierno a una constituyente. ¿Que esa convocatoria, al igual que las elecciones ya consumadas, transgreden la institucionalidad venezolana? Problema de ellos, de su sociedad, de sus fuerzas en pugna. Aparte de violatoria de soberanía, a la actitud de Santos la hace más reprobable su grosero pragmatismo, pues se fue contra Maduro sólo después de que no necesitó de él para hacer viables las conversaciones de paz en La Habana, cuando funcionaba el eje “castro-chavista-santista” sin que su gobierno se tuviera que ladear a la izquierda. Pero bueno, presidente, ahí le dio usted ese gusto tardío a Uribe, quien no lo reconoce, aunque íntimamente se regocije. Los colombianos no terminamos de acostumbrarnos a que usted, salvo en el caso del Acuerdo de Paz, y no del todo, gobierne para arrancarle anuencias a quien lo precedió en su cargo. Y si de verdad lo animara una decencia republicana, habría armado un jaleo cuando Dilma Rousseff fue depuesta del cargo, con pretextos administrativos en absoluto relacionados con su honradez, para montar en el mismo a un tipo que no es casual que haga honor a su apellido.

Y hablando de expresidentes, no es uno solo de los de acá el que nos produce pena ajena. Pastrana se la pasa en Caracas, discursea y participa en guarimbas, como nacido allá. Incluso se permite extasiarse como un millennial describiendo al venezolano aquel acróbata, modelo y metrosexual que abaleó desde un helicóptero robado el Tribunal Supremo de Justicia. Un tal Óscar Pérez que se las da de Rambo y confunde la protesta pública con un efecto especial. Hay gente así.

Tentador imaginarse qué cara pondríamos los colombianos de cualquier ideología si acaso un expresidente del vecindario, verbigracia Correa, de Ecuador, viniera con frecuencia a este patio a reunirse con los contrarios al Gobierno, a intimarle a éste rendición y a pedir que los militares actúen. Maduro se sobra de prudente al no ponerlo de patitas en la frontera, donde nosotros, los que nos resignamos ya a sufrirlo.